La Muerte de la Hermana

29/09/2010 at 15:17 Deja un comentario

La atmósfera era prácticamente irrespirable; la tensión y el humo del tabaco habían hecho que, literalmente, el ambiente se pudiera cortar con una navaja. Las cortinas estaban cerradas y la habitación solo estaba alumbrada por la luz chillona de una lámpara de mesa junto a la cual Julián había colocado una jarra con agua que no había sido tocada. Luisa ya no aguantaba más, la última semana había sido muy difícil; llamadas de condolencias y dolor fingido. Esos días habían transcurrido entre “lo siento mucho, las acompaño en su dolor” y “gracias, créame que nosotras lo sentimos más”.

El plan ya estaba en marcha, incluso antes de que la amada madre fuera inesperadamente tocada por el filo de la fría guadaña. La muerte de Ana había sido así, nada más así de un momento a otro, fulminante, carente de todo dolor y de toda consciencia del acto de morir. La madre había muerto, pero eso solo retrasaba la llegada del final de la hermana menor.

Luisa, la mayor, odiaba a su hermana Verónica desde el momento en que vio como la madre de ambas la amamantaba. La odiaba con un odio sórdido pero fulgurante y cada vez le era más difícil ocultarlo. Fue Julián quien se había encargado de conseguir la ichigua, pero fue ella, Luisa, quien había manufacturado aquel caldo carente de todo sabor y color, y luego lo había depositado en un gotero, el cual le entregó a su amante para que éste se encargara de verter el mortal contenido en la bebida de Verónica.

Julián había salido a media tarde de casa de Luisa, acudiría a una cena en la que Verónica estaría presente y aprovecharía cualquier momento posible para depositar el contenido del gotero en la bebida de la hermana menor. Habían acordado que, una vez realizada la tarea, llamaría por teléfono a casa de Luisa, ésta esperaría a que el aparato diera dos timbrazos y ella tomaría la llamada pero inmediatamente y sin decir nada colgaría; esa sería la señal de que Julián había logrado su cometido y Luisa se daría por enterada.

Luisa ansiaba que el teléfono sonara, pero a la vez quería postergar ese momento indefinidamente, no es que estuviera arrepentida o confundida, pero matar a su hermana menor…El tiempo transcurría y Luisa pensaba en como Verónica no solo le había robado el pecho y el cariño de su madre, sino también su privacidad, la ropa que ya no le quedaba pero aún le gustaba. Recordaba cómo sus planes siempre eran fastidiados por las ocurrencias de su hermanita. Su madre había muerto y por lo tanto le sería imposible recuperar su cariño, su atención y su interés; el objetivo de matar a la hermana menor ahora solo era la venganza, desquitar el odio que sentía por ella, por su voz azucarada, por su cuerpo de modelo de revista, por su pelo color de paja y sus senos redondos; por su fingida estupidez y dulzura que tantos éxitos con los hombres le había acarreado, por su monstruosa inteligencia que la había llevado a graduarse con honores, por su maldito orden y por su desquiciante buena suerte.

El tiempo transcurría y el teléfono no sonaba, Luisa encendía el siguiente cigarro con la brasa del anterior, el pulso le temblaba cada vez más, recorría con pasos apresurados la habitación, miraba las cortinas, la lámpara, el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca; el tiempo le parecía eterno como si el planeta hubiese dejado de girar. Ya no soportaba más aquella angustia mortal, tenía la boca seca y fue a servirse agua de la jarra que Julián había dispuesto en la mesilla; bebió apresuradamente el contenido de aquel cáliz. En ese momento el primer timbrazo del teléfono se escucho y el vaso se hizo añicos en el suelo; un eterno instante después vino el segundo y el cuerpo de Luisa yacía hierto tumbado bocarriba en el piso; luego un tercero y finalmente un cuarto timbrazo; luego la habitación volvió a quedar ocupada por el silencio, pero ahora era un silencio que indicaba que la muerte, justo una semana después, había vuelto a llamar a la puerta de aquella familia.

Las carnes de Luisa estaban adormecidas, no podía moverse y cien mil hormigas recorrían todo su ser. Aunque todo su cuerpo estaba dormido, sus ojos y su cerebro aún se encontraban en completa vigilia. Fue así que pudo ver a su amado Julián entrando a la habitación tomando la mano de su odiada hermana Verónica. Fue así, que en la antesala de la eternidad pudo atestiguar la traición de su adorado, y al mismo tiempo recordar la fingida estupidez y dulzura de su hermana, esa fingida estupidez y dulzura que tantos éxitos con los hombres le había acarreado; también, antes de que su cerebro cayera en perpetuo sueño, logro odiar una vez más a su hermana menor por su monstruosa inteligencia y por su desquiciante buena suerte.

Miguel Ángel Panini Leal

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Pensamientos Extraños, Decimocuarta Parte Una Historia Perversa

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