El Malvado Desiderio

30/07/2009 at 13:32 Deja un comentario

Sucedió que:

Don Desiderio de Nájera era un hombre serio, mal encarado, de pocas palabras y menores pulgas. Tenía un carácter muy fuerte y por nada se encolerizaba, se le enronquecía la voz y la cara se le tornaba roja al tiempo que descargaba fuertes puñetazos contra lo que tuviera cerca. Era, don Desiderio, un mal hombre.

Vestía invariablemente de negro, de los pies a la cabeza, sin que ninguna joya alegrara con su brillo, su austera vestimenta. Tenía su hacienda en San Agustín de las Cuevas y a ella se dirigía diariamente a bordo de un pesado forlón de camino, tirado por dos fogosos troncos de mulas. Pasaba produciendo gran estruendo, a toda la velocidad que sus pobres animales generaban. A través de los cristales, se le podía ver, siempre encorvado, pálido y con la cara atufada.

Era esta señor de una crueldad infinita. En su hacienda, por cualquier cosa, mandaba azotar a sus peones muchas veces hasta causarles la muerte; los afortunados que lograban sobrevivir, quedaban con las espaldas destrozadas y hasta algunos huesos rotos. Solía ponerlos en cepos durante muchos días. A otros los tenía engrillados semanas enteras en una húmeda prisión que para tal fin construyó en las escarpaduras de un cerro. Muchas veces, por faltas insignificantes, que otra persona más benevolente hubiera tolerado, mandaba que de los pies los amarraran con una reata cuyo extremo se ataba a la silla de un jinete, y a toda carrera arrastraba el caballo a los pobres infelices por extensas nopaleras y pedregales.

A los miembros de una familia que se habían atrevido a hurtar unas cuantas mazorcas de maíz, mandó que se les atara una piedra al cuello y los arrojó en la honda presa que tenía en su propiedad. Lo mismo hizo con aquel desgraciado que se atrevió a ordeñar una de sus vacas para poder llevar algo de leche al niño que se le moría de hambre. Por motivos insignificantes, mandaba cortar una mano a sus peones y para escarmiento de los demás, la clavaba sobre la puerta de la casilla donde vivía el desdichado; de este modo muchas de las casas tenían este macabro adorno.

Todo el mundo le temía a don Desiderio. Al verlo, se estremecían porque irradiaba frío e inspiraba temor. Cualquiera que le tenía que hablar, lo hacía con la cabeza gacha, el sombrero en la mano y la voz queda y temblorosa, sin mirarle jamás a los ojos.

Decían las buenas gentes que tenía pacto con el diablo, pues a pesar de sus maldades, siempre le iba bien, sus negocios prosperaban a ritmo acelerado, se había hecho de una enorme fortuna. Vivía solo desde que su esposa falleciera. Ella fue doña Rosario Dávila, una delicada flor que se consumió junto a un marido cruel. Contaban que a patadas la echaba del lecho para tirar en él una manceba que, en su presencia, poseía desaforadamente.

También contaban los lugareños, llenos de horror, que periódicamente cambiaba de amante; decían que al cansarse de ellas las mandaba matar. Hembra que le gustaba, no reparaba en medios –ilícitos casi siempre- para hacerla suya, y ninguna se resistía a sus bárbaros deseos. . Pobre muchachitas, inocentes animalillos atraídos por su diabólica sugestión de serpiente. Caía, poco a poco, la pobre entre sus brazos y no se le volvía a ver nunca.

Cuando iba y venía por su hacienda, pasaba por San Antonio Abad; ahí, junto al camino, vivía en una humilde casa el batihoja Pedro Azuara con su esposa Inés Rebollo, matrimonio pobre y honrado que tenía una hija, Lucinda, , blanca y esbelta como varita de nardo, llena de suavidad y bondad. Un aciago día, estaba bordando en la puerta de su casa cuando, por desgracia, pasó y la miró el malvado don Desiderio y, en el acto, la quiso con desordenado apetito. Ordenó a unos malandrines que la robaran para llevarla con el; sus viejos padres quedaron muy enfermos de los golpes que recibieron al intentar defender con su inútil debilidad la inocencia de su hija. Pero, a los cuantos días, se las aventaron, muerta, junto a su casa. La pobre Lucinda tenía una gran herida en el pecho. Unos aseguraban que el infame don Desiderio la mató con sus propias manos y otros decían que la misma Lucinda se había quitado la vida antes de que aquel hombre mancillara su pureza.

La justicia, tan rígida para unos, se mostró flexible en este caso, y no oyó el clamor indignado contra don Desiderio. No tuvo que responder por sus crímenes ante ningún tribunal humano, pero sí ante el Divino. Un día amaneció muerto en su lecho; su cara estaba negra como si fuera de carbón. Nadie pensó que con aquel color atizonado pudiera haber “muerto de su muerte”, sino que una mano oculta, vengativa, le quitó la vida mediante un veneno. Toda la gente se alegró en lo íntimo, pero, como era rico, acudieron a su entierro muy compungidos y enlutados y hasta se exaltaron las virtudes que nunca tuvo.

Pedro Azuara e Inés Rebollo, juntos, pasaban el día llorando, recordando a su hijita muerta. Una noche, después del toque de queda, oyeron el estruendo del coche de don Desiderio que pasaba veloz ante su casa. Se vieron los esposos en silencio y en sus almas se levantó de nuevo el recuerdo aborrecido. Noche a noche rompía el silencio el ruidoso paso del forlón endemoniado. Toda la gente andaba asustada, decían que como don Desiderio había muerto sin confesión, andaba penando sin encontrar consuelo. Nadie salía de su casa a esa hora, ni tan siquiera se atrevían a asomarse por las puertas o las ventanas. Al oír el estrépito, se santiguaban diciendo una oración. Toda la gente del rumbo estaba llena de pavor. Pero más pavor sintieron cuando supieron que adonde iba a parar el vehiculo era a las tierras de lo que fue la hacienda de don Desiderio, a una troje antigua de recia construcción. Ahí entraba el hombre y luego salían llamas por todos los resquicios. Uno de los mayordomos atraído por las llamas y alarmado de que pudiera estarse incendiando la troje, acudió a ver qué pasaba, y a través de las llamas vio a don Desiderio rodeado de mujeres desnudas, entre las que reconoció bien a tres o cuatro que habían sido mancebas del amo.

Al día siguiente lo encontraron otros campesinos tirado en un surco, como muerto. Cuando recuperó la razón, les contó lo que había visto, lo que provocó que los días siguientes se apersonaran muchos ojos curiosos para contemplar el espectáculo siniestro de don Desiderio Nájera rodeado de mujeres, las que fueron amantes suyas durante su vida, llena tan solo de crueldades.

Toda la ciudad se alarmó cuando conoció esta macabra historia, muchos fueron a ver y algunos pagaron con la muerte o con la locura su insana curiosidad. Una mañana fue el canónigo penitenciario de La catedral a rociar agua bendita y a decir exorcismos en la vieja troje. Al día siguiente, apareció la troje caída y, bajo los escombros, se encontraban dos cuerpos despedazados, pero, a pesar de los grandes perjuicios que les causó el fuego, pudieron las buenas gentes reconocer, por ciertas señales, al batihoja Pedro Azuara y a su esposa Inés rebollo.

Dicen las gentes viejas de aquel rumbo, de San Agustín de las Cuevas, que algunas noches, sobre todo las de luna nueva, se escucha el estruendoso paso del carro de don Desiderio que va en busca de jóvenes doncellas……Deben tener cuidado, no sea que vayan a acabar sus días en una troje abandonada.

Anuncios

Entry filed under: Leyenda. Tags: , .

Cuando el Peso Mexicano Dominaba la Economia Mundial Los Tristes Amores de La China y El Criollo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Trackback this post  |  Subscribe to the comments via RSS Feed


Categorías

julio 2009
D L M X J V S
« Mar   Ago »
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728293031  

Feeds


A %d blogueros les gusta esto: