Doña Angusitas y La Santiaguita

26/01/2009 at 10:50 2 comentarios

Don Miguel Perea trabajaba como tercer ayudante del operador de la balanza de la Real Casa de Moneda; era bajito, simpático e inconmensurable gordo. En cambio, su mujer, doña Angustias, cada vez estaba más delgada, más pálida, más ojerosa, lloraba y se acongojaba día y noche. Nadie ha tenido un nombre más adecuado, pues la señora se afligía de todo: si el marido llegaba tarde del trabajo, se le imaginaba destrozado debajo de las patas de un caballo; o pensaba que se había subido a las torres de la Catedral y desde lo alto se había desbarrancado. Si llovía podía caerse y romperse la crisma, pero si granizaba, un granizo podía sacarle un ojo. Todo la angustiaba hasta lo indecible.

A menudo se le imaginaba la imagen de ver tendido a don Miguel muy tieso, en medio de cuatro cirios, y sollozaba con grandísima angustia imaginándose viuda, pobre y cargada de hijos. Alguna vez le dio por suponerlo perseguido por un toro bravo y hasta pagó a un diestro toreador para que espantara al animal. Un día lloró hasta formar un charco porque creyó que con Miguel iría a la fiesta de la iglesia de Los Angeles y un cohete desviado le reventaría el voluminoso vientre.

Nada la tranquilizaba: si llegaba temprano, era porque indudablemente tenía un terrible cólico o quizá le sobreviniera un ataque al corazón. Si no podía dormir el bendito señor, su señora se retorcía de pena porque seguro estaba pensando en Paquita, aquella novia que tuvo en su juventud. Los celos le martirizaban el alma.

Doña Angustias tenía un especial talento para fraguar catástrofes y su imaginación la llevaba a hacer realidad lo que pensaba. Si un de sus hijos soltaba un estornudo, creía que le daría pulmonía, o si la orina no era suficiente o de determinado0 color, pronto enfermaría de los riñones. Se los imaginaba en el último trance de la vida, lo que le hacía derramar copiosas lágrimas. Estaba convencida de que había nacido para penar, no para estar tranquila. Ella necesitaba enflaquecer por cuidados ciertos e inciertos, pasar agonías y tener fatigas en su corazón.

Aun día, doña Angustias vio a su marido arrodillado ante el pequeño altar que tenían en su casa, erigido en honor de San Antonio. El hombre parecía extasiado ante la imagen del santo y le rezaba con gran fervor. La señora lo contemplaba con gran contento y no le hablaba para no interrumpir su devoción. Así lo vio por largos días y entonces doña Angustias prorrumpía en sollozos de placer. ¡Que marido tan devotote había tocado!, ¡bendito sea Dios!

Una tarde que estaba limpiando el altar, al levantar la imagen de San Antonio para pasar el trapo por debajo, encontró que estaba hueca y tenía dentro muchos papeles. Le picó la curiosidad, los sacó y empezó a leerlos. ¡Dios mío!, no podía ser que su gordo adorado, tan tranquilo, tan parsimonioso, que no mataba ni una mosca, tuviera una amante. ¡Santo señor de Chalma! ¡Corona de espinas!. Doña Angustias se mesaba los cabellos, se golpeaba el pecho hasta hacerse daño, gritaba sollozando. ¡No podía ser!. Pero si él nunca faltaba a casa, siempre llegaba temprano, pues ¿a qué hora la veía?

La pobre Serra era la imagen de la desolación. Leía y releía los arrugados papeles: “Díez pesos para la Santiaguita”, “treinta y dos pesos para la Santiaguita”, “cuarenta pesos para la Santiaguita”. Pero, que barbaridad, cómo gastaba la suripanta. Seguro andaba vestida de terciopelos, montada en elegantes carros y pisando mullidas alfombras, mientras a ella apenas le alcanzaba para vestir con modestia, tener un triste piso de ladrillos y un ralo tapete.

Calmándose un poco, pensaba: “Con razón el muy pícaro solo me trae 90 pesos de los 100 que gana en la Casa de Moneda, diciéndome que le rebajan 10 pesos para aplicarlos a la compra de un navío que la Nueva España regalará a la madre patria para aumentar la flota. Pero ¡que mentira!, ¡el muy sinvergüenza!

En la mitad de su sollozo le vino una idea fantástica. Tomó papel y pluma y, fingiendo una letra diferente a la suya, escribió; “Miguelito, mi vida, sal un momento, algo muy importante tengo que comunicarte. Urge. Sal. Te adora: La Santiaguita!. Apenas tomó su bolsa y algo con que taparse y salió volando de su casa hacia el trabajo de don Miguel. En la puerta de la Real Casa de Moneda, le entregó el papel al portero pidiéndole que se lo llevara a su marido. Al recibir el papel, Perea se rascó la cabeza en señal de extrañeza, abrió el cajón de su escritorio, sacó un atado de papales y bajó con parsimonia la escalera. Salió a la calle y encontró en la esquina a su mujer hecha una furia.

-¿Qué tienes Chata?, le preguntó.

-¿Cómo que qué tengo?, ¿Quién es esa Santiaguita?. Bajaste porque creías que era ella, ¿verdad?. ¿Por qué me hiciste eso?…Yo que te he dado los mejores años de mi vida.

-Pero mujer, cálmate que te puedes enfermar. Déjame explicarte.

-¡Que explicarme ni que nada!, ¡eres un perjuro, un bígamo, un disoluto!

Fuera de sí, doña Angustias alzó la mano y le propino a don Miguel un tremendo bofetón que retumbó en toda la calle.

Perea, sobándose la mejilla y casi con légrimas en los ojos por el dolor le dijo: “Mira Chata, Santiaguita no es una persona”.

-Ah ¿si? –rió histérica doña Angustias-, me vas a decir que es un fantasma.

-¡Cállate, óyeme por favor!. Santiaguita no es una persona, es una mina.

-¡Qué!, ¿una mina?

-Sí mi amor. Es una mina que está en Pachuca y lleva ese nombre porque la descubrió don Santiago Aldaco. En el papel que sacaste de la imagen de San Antonio, iba yo anotando las exhibiciones de las acciones que compré, con el fin de que el santo me haga el milagro de que pronto venga la bonanza, nos hagamos ricos y con ese dinero comprarte una casa mejor.

Doña Angustias se quedó de una pieza y, melosa, le pidió perdón a su marido por haber dudado de su fidelidad. Rió feliz, pero, en el instante, su rostro se llenó de congoja y empezó a gimotear, se acordó que al salir de casa, había dejado una ventana abierta por la cual se filtraría el viento, le daría en la espalda a su hija  Lupita, por lo que, de seguro, le atacaría una pulmonía doble.

 

Yo se que del otro lado del monitor hay gente que conoce muchas leyendas coloniales, por favor, a ustedes les pido que me apoyen con esta sección. Envienme las leyendas por mail y yo las publico; o bien si quieren los doy de alta para que puedan publicar directamente desde el editor del blog.

Mi mail es mpanini@hotmail.com

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Las Fiestas El Ex Convento del Carmen

2 comentarios Add your own

  • 1. hermila galvan  |  29/04/2009 en 20:40

    No, pues a la pobre de angustias le quedaba que ni pintado el nombrecito, y además, era una paranoica!!!

    Responder
    • 2. mikeap  |  30/04/2009 en 10:08

      Para mi gusto es una leyenda bastante chistosa. Aparte la doña Angustias padecía una celotipia bastante acentuada.
      Mil gracias por tus comentarios y por visitar el blog. Saludos.

      Responder

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