El Robo de la Academia de San Carlos, Julio de 1914

10/11/2008 at 9:30 Deja un comentario

El sábado 18 de Julio terminaba una semana agitada. Tres días antes Victoriano Huerta presentó su renuncia a la Presidencia de la República; el presidente interino Francisco Carvajal asumía ese día un cargo que se adivinaba efímero y poco glorioso. Los diarios capitalinos, verdaderos comparsas de Huerta, empezaban a disculparse y, como si no pasara nada, a cambiar el tono al referirse a los protagonistas de la historia del momento; “había que taparse las narices para leer el periódico”, confesó Federico Gamboa, aterrado por los acontecimientos.

Las notas periodísticas sobre las actividades de Carvajal tenían un dejo de culpa; una sola fotografía daba a conocer las actividades del nuevo presidente. Llamaba la atención de los lectores ora noticia. El Independiente dijo:”Un escandaloso robo en la Academia Nacional de Bellas Artes”.Una gran composición fotográfico con retoque mostraba el rostro de un joven citadino, de los que los revolucionarios llamaban catrines, de traje oscuro, corbata de moño sin arreglar, sombrero negro que no debía ajustar en la cabeza de abundante cabellera negra. Era Ignacio Martínez, pintor que prometía ser destacado artista, “dotado de facultades extraordinarias que se distinguió por su estilo y originalidad”. A su lado las fotografías de seis personajes circunspectos que, se supo, rendían declaración al comisario Francisco Flores Verdad; eran las autoridades de la Academia, entre ellos su director Alfredo Ramos Martínez. Una tercera fotografía redondeaba la idea de la composición: varios gendarmes mostraban tres óleos de formato regular, de famosos pintores europeos. El vocabulario periodístico calificaba sin explicar: “Es robo más escandaloso y de mayor cuantía que hasta la fecha se haya registrado en México, así como el atentado más salvaje que sólo puede concebir un cerebro enfermo. El joven y criminal artista es hijo de una muy honorable persona, el ingeniero Manuel F. Martínez, que fue director por mucho tiempo de la Dirección General de Educación Primaria del Distrito Federal”.

Más que robo –pues nunca se consumó-, el escándalo era el objetivo de Martínez, opinó algún periodista. Sin embargo, el contexto político de los últimos meses, la renuncia de Huerta y el exilio de sus simpatizantes, así como la falsa idea que se tenía del valor comercial de los cuadros, hacen pensar que Martínez sí pretendió llevarse los óleos y venderlos en el extranjero.

El delito fue descubierto de manera singular: el delincuente llamó a auxilio desde el interior de la Academia . Los testigos fueron preguntados por los reporteros, quines armaron la crónica: A un miembro (practicante) de la Cruz Roja, que acababa de llegar a su casa, su sirvienta le avisó que había un incendio en la Academia, y que un hombre desde la azotea de ese edificio disparaba balazos y pedía auxilio. Al llegar al edificio, el practicante esperaba ver “lenguas de fuego, pero al parecer nada sucedía”. Sólo vieron, desde otra azotea, “a un individuo que preso de un frenesí inexplicable, disparaba tiro tras tiro , todos al aire y gritaba ¡socorro!, ¡Auxilio!, ¡se quema la Academia!”. El artista y ladrón frustrado fue reconocido por los mozos de la Academia . En la azotea encontraron una colchoneta que envolvía cinco pinturas de autores como Murillo, Ingres y Guido Reni. Para cometer el robo, antes de que la Academia cerrara, Martínez se escondió en uno de los talleres de escultura. Dos áreas del edificio mostraban fuegos provocados: en la puerta de la Galería de Pintura y en el taller de carpintería.

La duda surgió: ¿salvar las pinturas del fuego que el mismo Martínez provocó?, “no lo hizo con cuidado, pues el cuadro Labam Apacentando su Rebaño de Ribera, valuado en $2,000,000 (de aquellos días), fue rasgado en uno de sus costados y arrancado del marco”. La lista de cuadros corresponde a obras de pintores reconocidos, con lo que su venta era más que posible. “San Juan en el Desierto” y “San Sebastián” de Murillo, valuados en un millón de pesos; “San Juan Bautista” de Ingres, en medio millón; “Santa Barbara” y “Santa Catalina de Alejandría” de Guido Reni, el “Labam Apacentando su Rebaño” de Ribera –que sufrió daños- en dos millones de pesos. Los periodistas valuaron toda la obra de la Galería de Pintura Antigua Europea en veinte millones de pesos.

Luego de arrancar las pinturas de las paredes, desenmarcarlas y envolverlas en la colchoneta, Martínez regresó a prender fuego a la puerta de la Galería. Se dijo entonces que Martínez conocía perfectamente el edificio; pero más adelante se argumentó que, por nerviosismo, no pudo orientarse en la azotea y eso le impidió huir. Se perdió, pero no tanto como para no saber que estaba al lado de la casa del arquitecto Nicolás Mariscal, hacia donde dirigía sus llamados de auxilio. Pero, notaron los testigos y apuntaron los periodistas, si Martínez hubiese caminado en sentido contrario, fácilmente hubiese podido huir.

A finales del mes de Julio, El Imparcial, que se sabía moribundo, cargaba al delito de Martínez los pecados que alguna vez defendió o calló: el ataque a la propiedad nacional, la Patria era su victima: “¿Cuántos millones quedarían reducidos (con el conato de incendio) a cenizas y cuántas obras de arte, ejemplares únicos que México ha adquirido a costa de años y sacrificios, desaparecerían para siempre?. Imposible precisar el valor de aquellas obras de arte”. Por lo pronto, El Imparcial no recordó las declaraciones del secretario de Instrucción Pública de los huertistas, José María Lozano, sobre la posibilidad de enajenar el patrimonio artístico nacional, con cuya venta podría pagarse la defensa de la Patria ante la entonces inminente invasión norteamericana.

Martínez era culpable de un delito mayúsculo, que descubría el poco valor artístico de las piezas como obras , aunque muy apreciadas cuando se traducían en pesos: “En una palabra, en seis viejos lienzos (contando con el Ribera) se llevaba tres millones de pesos”:

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