La Calle del Correo Mayor

03/11/2008 at 9:04 Deja un comentario

Corre de norte a sur. Desde la calle de Guatemala, pasa a espaldas de Palacio Nacional y termina en José María Izazaga-San Pablo.

Antiguamente se llamó calle de Olmedo, desde el templo de Santa Inés hasta Acequia, hoy llamada de la Corregidora. Luego, más al sur y hasta llegar a las rejas y los bajos del templo y convento de Balvanera, se conoció como calle del Puente del Correo Mayor, del Parque de la Moneda o de la Espalda del Palacio.

El nombre de Correo Mayor le viene de que ahí vivió, a espaldas del Palacio Virreinal y, durante el siglo XVII, don Pedro Diez de la Barrera, primer Correo Mayor de su Majestad. La gran mayoría de la correspondencia venía desde España, llegaba directamente a palacio y estaba dirigida a los virreyes; delante de ellos se abrían las cajas y él mandaba la distribución de las piezas a sus titulares. Los sobres rotulados se enviaban a los lugares correspondientes. De todos estos menesteres se encargaba precisamente el Correo Mayor, para lo cual contaba con criados y caballos.

En la esquina de Moneda y Correo Mayor, en lo alto de una casa colonial, existe una bella hornacina. Las hornacinas son nichos con imágenes de piedra que en las noches se iluminaban con luz de aceite para guiar a los paseantes.

En la sexta calle de Correo Mayor tuvo lugar un extraño suceso, convertido ahora en leyenda: el fraile mercedario Juan Antonio Núñez y Vázquez era el capellán del marqués de Guardiola, Este hombre, de gran valor y acentuadas prendas, caminaba la noche del 15 de Septiembre de 1791 rumbo a su convento. Apresuraba sus pasos por el Portal del Coliseo, afianzándose hacia el colegio San Ramón , cuando un hombre embozado en su capa , en medio de la oscuridad, lo detuvo pidiéndole que lo acompañara a confesar a una mujer agónica y a punto de morir. Fray Juan Antonio no dudó ni un instante y acompañó al extraño personaje. Fueron ambos hasta la calle de Olmedo en donde, al fondo de un patio, encontró, en un cuarto, a una bella mujer acostada en un lecho y con las manos amarradas. El sacerdote cumplió con el sacramento de darle confesión y salió para dar aviso a las autoridades. Pero sucedió que los policías que acudieron a investigar el hecho un esqueleto con las manos atadas.

En la esquina que forma esta calle con Estampa de Balvanera, también llamada de San Ramón y hoy República de Uruguay, estuvo el famoso colegio de San Ramón, fundado en 1654 por frailes mercedarios. Ahí se educaban los eclesiásticos que más tarde irían a ocupar los cuartos de provincia. Se construyó gracias a las disposiciones testamentarias del virrey duque de Alburquerque. El colegio fue clausurado en 1840 y el edificio destinado a otros usos.

En esta misma calle de Correo Mayor, muy cerca de la de Mesones, estuvo el taller de imprenta de Venegas Arroyo, donde trabajó José Guadalupe Posada.

Siguiendo hacia el sur, ya en el barrio de San Miguel, en las esquina que forman las antiguas calles de los Migueles y de la Cruz Verde, se puede apreciar todavía la gran cruz (que diera nombre a la calle) de cantera verde empotrada en la esquina baja.

Existe una leyenda que dice que cuando el virrey Gastón de Peralta arribó a la ciudad de México, traía en su sequito a un caballero de nombre Álvaro de Villadiego y Manrique. Se trataba de un apuesto joven, soltero y con muchas ganas de divertirse. En una de sus correerías conoció, asomada en un balcón, a una bella dama de la cual se enamoró a primera vista. El apasionado doncel no encontraba la forma de relacionarse con ella por más que se empeñaba, por lo que le pidió al Santo Cristo que le diera alguna señal que le confirmara que esa mujer era la elegida.

Un día que pasó a caballo por aquella casa, vio sobre el balcón donde antes contemplo a su adorada, una cruz verde que brillaba deslumbrándolo. Bajó de su montura y fue a conocer a la dueña de su corazón, quien resultó ser doña María de Aldafuerte. Se casaron y tuvieron un feliz matrimonio y, en prueba de su agradecimiento, don Álvaro mandó tallar en la esquina de la mansión que fuera de su esposa, y luego de ambos, una cruz de piedra verde.

A la muerte del caballero, la dama siguió habitando la misma casa y a su deceso fue enterrada en el templo de San Miguel, donde era recordad por medio de una lápida que señalaba: “Doña María de Aldafuerte Lara y Segura de Manrique. Agosto 11 de 1573 años. R.I.P.”

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