La Virgen Que Nadó En El Río Del Consulado

29/09/2008 at 9:54 Deja un comentario

Sucedió que:

Don Gaspar de Baeza fue regidor perpetuo de Hostes , Postas y Correos. Al enviudar de doña Silveria Olias, rica dama de encumbrado linaje u suave trato, una gran congoja le traspasaba el alma. Se pasaba los días melancólico y ensimismado, llorando a su muerta. Refugiaba su dolor en la iglesia del convento de Santa Isabel, donde en una oscura capilla había una delicada virgen llena de mansa dulzura. Le enmarcaba el rostro una cabellera castaña que, dicen, era un exvoto de una dama de la corte de la virreina que había entrado a profesar en el convento. Sus manos las elevaba en un ademán de bendición.

Gran devoción tenía de Baeza por la virgen de ojos tiernos. A la tenue luz de los cirios, algunas veces creía percibir, al quedársele viendo largo rato, que la virgen adquiría un leve movimiento, un suave palpitar de vida. El devoto regidor le llevaba flores, velas, le mandaba decir triduos. Le colgó en el cuello un collar de perlas que había sido de su esposa y le puso sobre el pecho un prendedor de esmeraldas y granates almandinos. También le mandó hacer ricos vestidos en tisú bordados de oro y plata, tan fuertes que se mantenían erguidos en el suelo por sí solos.

El único consuelo que tenía en la vida don Gaspar de Baeza era su pequeña hija Ana María, de 10 años, de rubia cabellera y claros ojos azules como los de la madre. Igual que ella, era una niña de carácter delicado y suave. Don Gaspar la adoraba y era su constante preocupación, pues sentía que la madre le hacía constantes llamadas invisibles desde la eternidad.

Una tarde que paseaban cerca de una huerta que tenía en la Tlaxpana, en las márgenes de río que venía de Chapultepec (después llamado del Consulado, y que entubado corre bajo en circuito interior), Ana María se acercó a la orilla para recoger algunas flores. De repente, la tierra se desmoronó y la niña, dando un grito, cayó al río, siendo arrastrada por la corriente. Don Gaspar también gritó y se lanzó a las tumultuosas aguas para salvar a su hija, pero por más esfuerzos que hacía no podía darle alcance. A la distancia, veía la rubia cabecita que se hundía y volvía a resurgir de las embravecidas aguas; luego, en un recodo, vio don Gaspar la manita crispada de la niña que se abría y cerraba con desesperación, desapareciendo después en la vuelta impetuosa de un remolino.

Muchas gentes llegaron a ayudar a don Gaspar en la búsqueda de la criatura, pero todo fue en vano. Cerró la noche y el pobre hombre se fue a su casa, desolado y traspasado de dolor. Se tiró en un sillón, y ahí quedó inmóvil con la barba clavada en el pecho. No veía nada más que la cabecita dando tumbos en la corriente y la manita crispada de su hija. Los sollozos le estremecían todo el cuerpo.

De repente, en el silencio de la noche, se escucharon fuertes aldabonazos en la puerta, luego voces y gritos de los criados y en un momento entró a la sala la pequeña Ana María, blanca y pálida, sonriendo con ternura. El padre, atónito, corrió a abrazarla; lloraba y reía a la vez; besándola y acariciándole el cabello le preguntaba: ¿quién te salvó?, ¿quién?.

La niña entonces contó que mientras la corriente la arrastraba y estaba a punto de ahogarse, vio entre los mirtos y acacias de la orilla una linda señora muy enjoyada y bien vestida que, entrando al agua, la tomó de los brazos y la fue sacando con suavidad. La depositó en un prado lleno de flores azules y, luego la mima señora, de la mano, la llevó hasta la puerta de su casa. Ana María, en agradecimiento, había puesto en las manos de la señora el collar que siempre traía al cuello, en el que pendía un relicario con una pintura en miniatura de su madre y le enseñó al padre un pedazo de encaje que había arrancado del vestido de la dama en su desesperación cuando se estaba ahogando.

Don Gaspar guardó la tela como una reliquia y al día siguiente, recorrió gran parte de la margen del río preguntando, en las casa vecinas, quién había salvado a su hija. Nadie le dio razón. Nadie había visto a esa señora enjoyada que la niña describía. Padre e hija iban a las reuniones de la gente de alcurnia con el propósito de que Ana María identificara a la bondadosa dama que le había salvado la vida, pero no pudieron jamás encontrarla.

Pasaron algunos meses; una tarde, don Gaspar y su hija fueron a la iglesia de Santa Isabel. Devoto, se arrodilló ante la imagen de su virgen adorada y empezaba a musitar una plegaria cuando lo sobresalto el grito alborozado de Ana María que, palmoteando le decía: “Mira, padre, ésa es la señora que me sacó del río. ¡Ésa fue!. Mira en sus manos el collar con el relicario donde está el retrato de mi madre. También ve el pedazo que le falta de encaje en el escote del vestido, que yo, en mi desesperación, le arranqué.

Don Gaspar, estupefacto, miró el relicario, miró el pedazo de tela que faltaba y cayó de rodillas dando gracias a la venerada imagen, y creyó ver, entre sus lágrimas, que la virgen lo miraba con ternura mientras que en sus labios florecía una tenue sonrisa.

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