Tacaño hasta con Dios

25/08/2008 at 9:34 Deja un comentario

Sucedió que:

Sebastián Vera tenía el tipo clásico del usurero de las novelas: tez amarillenta, nariz ganchuda, ojillos movedizos y cejas y barba pobladas. Cifraba los 60. Declaraba ser más pobre que los pobres y vestía siempre con harapos, pero la verdad es que guardaba sus buenos doblones por toda la casa: en huecos que hizo en las alacenas, en los marcos de las puertas y en un cajón enterrado bajo una rala alfombra, sobre la cual estaba un viejo sillón y una mesa en donde se sentaba a hacer sus cuentas. Con sus grandes dotes de comerciante, y además prestamista, dinero que le llegaba, lo centuplicaba fácilmente.

Un día, su mujer quiso colgar el retrato de su madre en la sala, subió a un banco, perdió piso y se rompió una pierna. Don Sebastián se afligió mucho, pues parecía que sí la quería, pero en vez de gastar para que la atendiera un buen doctor, se fue a la Catedral y le prometió al Señor del Buen Despacho una pierna de oro si ella se aliviaba. La mujer empezó a mejorar lentamente y entonces Sebastián fue a ver al Cristo y le ofreció que en vez de una piernita de oro le daría dos de plata. “Con ella sales ganando –le dijo poniendo los ojos lánguidos- pues con dos piernas se puede caminar; en cambio, con una sola, aunque sea de oro, no se puede dar un paso.

Conforme pasaban los días, doña Genoveva –que así se llamaba la mujer- fue mejorando y pudo al fin andar con muletas. Entonces, Sebastián se fue presuroso a la iglesia mayor y con mucha seriedad le rogó al santo Cristo que le permitiera trocar las piernitas de plata por cuatro de cobre finísimo que lucirían mucho más en el altar. Las pondría dos de un lado y dos del otro. “Cuatro, Señor; cuatro en vez de dos”, exclamaba para convencerlo de que era un magnifico negocio. “El color encendido del cobre es mucha más bonito que el pálido y sin gracia de la plata”, le decía moviendo con elocuencia las manos y cabeza: “Verdad que aceptas este ventajoso negocio, Señor mío? ¡Claro que si, sales ganado!”. Y Sebastián, poniéndose de pie, se fue a su casa, convencido de que había hecho un buen trato.

A los pocos días su mujer dejó las muletas y Sebastián muy alegre llegó a la capilla donde estaba el Cristo y después de ponerse de hinojos y besar devotamente el piso, se encaró a la imagen y susurró: “Señor, ¿para qué quieres tú esas piernas de cobre?. Ese metal esta bien para las monedas que corren de mano en mano entre los pobres. Tú necesitas algo mejor: oraciones. Las oraciones son más valiosos a los ojos de Dios que una dadiva de valor. Son como perfume que se eleva la cielo. Te ofrezco a cambio de esas piernillas de cobre rezar cien padres nuestros y cien aves marías, no mejor aún doscientos de cada uno. Rezaré todos de rodillas y con los brazos en cruz. Creo que te ira bien con el trueque. Las oraciones son más eficaces porque salen del alma, no salen de las manos viles de los hombres. Las piernas de cobre, con el tiempo, echarán orín y se pondrán verdes u feísimas.

Como veía que el Cristo no le hacía ningún guiño, subió la oferta a quinientos y luego a mil, tratando de convencerlo: “Que suerte la tuya –le decía con énfasis- de contar con un hombre como yo, desinteresado y dadivoso. Mira que trocar cuatro por mil. Es un gran negocio y cualquiera lo acepta, con mayor razón tú que tienes tanto talento, como lo demostraste en el sermón de la montaña cuando hablaste de las obras de misericordia y, sobre todo, tu oración del padre nuestro. No se hable más. Mil. ¡Que magnifica ganancia vas a obtener!”.

Cuando Genoveva, aparentemente, se compuso del todo y se normalizó la vida, tornó a la iglesia y le dijo al Santo Cristo: “sinceramente, Señor, mil oraciones es difícil rezarlas con devoción, es fácil distraerse con pensamientos inoportunos y terminaría con una retahíla de palabras sin sentido; mejor te las cambio por quinientas”. Sebastián se quedó un rato callado y, alzando la cabeza hacia la imagen le dijo: “mirándolo bien, mejor serían cien”. Y a continuación le pidió que le perdonara esa deuda sin importancia como él que, siguiendo sus preceptos, había perdonado a algunos de sus deudores. (Se cuidó de decirle que a esos pobres diablos que perdonó su deuda, ya le habían pagado por lo menos seis veces lo que les había prestado):

Pero hete aquí que Genoveva, por falta de cuidados, pues el hombre no soltaba ni un céntimo para su curación, resultó con la pierna amarillenta y violácea y hasta con fétido olor. El doctor diagnosticó gangrena y había que cortarle la pierna para que el mal no se propagara. Sebastián, desesperado, tornó a la Catedral y le dijo al Señor del Buen Despacho que aquello de trocar cien oraciones por quinientas era broma, que sí se las rezaría con gran devoción y humildad ahora mismo, pero que sanara a su Genoveva. Y se fue corriendo a su casa. La mujer estaba peor. Así que el hombre retornó a la iglesia y loe dijo muy afligido al Cristo que contase con las cuatro piernecillas de cobre que le darían majestad a su altar y no las oraciones que no le servían para propagar su fe por todo el reino.

Como la mujer no se aliviaba, entonces le prometió las piernas de plata, “mandadas a hacer con los mejores orfebres de la calle de Plateros”. Pero los días pasaban y nada, la fiebre abrazaba a Genoveva. En un acto de desesperación, el hombre sacó unas monedas de su escondite y mando a hacer el exvoto de oro, le puso una cinta roja, se fue a la catedral y se la mostró al Señor del Buen Despacho: “Mira, Señor, que lindo es y cómo brilla, es de oro purísimo y si ningún granito de liga de plata, y menos de vulgar cobre. ¡Cómo lucirá en tu altar!. SI me haces el milagro de que sane mi Genoveva, mañana mismo estará en tu poder; yo mismo te la colgare en tu ropaje, muy cerca del corazón. ¡Míralo!, es tuyo, pero primero ¡sálvala!”.

Don Sebastián estaba seguro de que con la promesa de tal obsequio, se obraría el milagro y se fue confiado a su casa. Pero cuando llegó, encontró a su mujer exhalando el último suspiro. El hombre se quedó atónito; cómo el Señor había rehusado el precioso y valiosísimo exvoto que habría aumentado su caudal. Si él fuera Dios, la hubiera aliviado, así recibiría el inapreciable obsequio y, más tarde, si así era su designio, le hubiera quitado la vida. Esa era un buen negocio. Nadie como él tenía tan claro el talento para aumentar el capital, se dijo convencido.

El avaro se quedó muy solo en aquel caserón y como no tenía a nadie quien lo atendiera, trató con un contrabandista, tan pícaro como él, que le vendiera una esclava negra. Cuando la tuvo a su servicio, se rehusó a pagarle lo convenido al contrabandista, amenazándolo con denunciarlo ante el Tribunal de la Real Hacienda, de su comercio clandestino. En esos alegatos estaba cuando el viejo tropezó con un escalón y se fue escaleras abajo, pegándose en la cabeza y perdiendo la vida.

De la esclava y el contrabandista no se volvió a saber nada; tampoco de la gran fortuna que atesoraba el vejete. Nadie sabe para quien trabaja.

 

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Casa de los Condes del Valle de Orizaba Palacio de Iturbide

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