La Pena Infinita de La Estrella de México

13/08/2008 at 10:05 Deja un comentario

Sucedió que:

 

En la esquina de San Ildefonso y Calle del Reloj (hoy República de Argentina), vivía doña Clara, una mujer tan hermosa que la gente la llamaba La Estrella de México. Era, además, inmensamente rica y de ilustre linaje. Había quedado huérfana de padre desde muy niña, por lo que su madre la cuidaba con esmero, atenta a sus menores caprichos.

La época virreinal no era tan fúnebre como algunos historiadores la han pintado. Aunque todo se regía por la religión, el pueblo lo convertía en pretexto para holgazanear y divertirse. Se entretenían en procesiones, fiestas parroquiales, mascaradas, justas, torneos, corridas de toros, bailes y mitotes en general. Los nobles no se quedaban atrás y esas diversiones les añadían besamanos, saraos, banquetes, comidas campestres, conciertos y hasta tomas de hábito y de borla.

A todos estos divertimentos acudía doña Clara, siempre rodeada de una cauda de admiradores que le seguían a todas partes como moscardones y le mandaban cartas con las dueñas, requiriéndola en amores. Ella, graciosa y gentil, a todos trataba con cortesía, pero sin demostrar ninguna preferencia.

Entre los admiradores empezó a destacar el mismísimo hijo del virrey. Al percatarse los demás de la inclinación real, empezaron a retirarse, pensado que, con ese rival, no tendrían ninguna posibilidad con la beldad. Sin embargo, a pesar de las demostraciones de amor, de los regalos, halagos y serenatas que aquel noble pretendiente ofrecía, la hermosa no daba muestras de corresponderle. Entonces, el hijo del virrey, de suyo caprichoso, lleno de celos y sospechas, imaginó que si Clara no le hacía caso, es que seguro estaba enamorada de otro y se propuso descubrir al que le robaba su amor.

En compañía de unos amigos, comenzó a rondar la casa de Clara. Una noche de luna llena, vieron acercarse a la casona a un galán cubierto con una amplia capa. En cuanto se paró junto a una ventana, ésta se abrió de manera discreta y, tras algunos susurros, vieron que una blanca mano le entregaba una carta que el mozo besó con adoración. En cuanto la ventana se cerró, el hijo del virrey se adelantó para interceptar al doncel, desoyendo los consejos de sus acompañantes. Cuando lo tuvo enfrente, con la voz enronquecida por los celos le espetó:

-¿Quién sois vos?

-Un caballero, le contestó el otro.

-No tan cumplido que pueda verse conmigo a la cara.

Ambos de inmediato echaron mano a sus espadas, pero los acompañantes les hicieron ver que no era conveniente combatir en ese sitio, pues fácilmente podría pasar la ronda y estaba prohibido batirse en duelo. Entonces, de común acuerdo, decidieron caminar hacia la cercana Plaza de Santo Domingo, en donde por la sombras de las múltiples y vastas construcciones, era más difícil que la ronda los descubriera. Al llegar al sitio, ambos contrincantes lucharon encarnizadamente. Finalmente, el desconocido cayó mortalmente herido y el hijo del virrey se marchó triunfante en compañía de sus amigos.

Al atardecer del día siguiente, la gente quedó asombrada al ver la carroza del virrey en la esquina de la Calle del Reloj y San Ildefonso, y se preguntaba qué era lo que buscaba el ilustre visitante. Pronto corrió la noticia: Su Excelencia había ido a pedir la mano de la bella Clara para su hijo. Doña Brígida, la madre de la joven, a pesar de lo ventajoso del enlace, queriendo respetar la voluntad de la muchacha, pidió al virrey que esperara algunos días.

Al irse el virrey, como la tarde era calurosa, madre e hija salieron al balcón, comentando la visita del virrey y su pretensión. Clara no decía ni sí ni no. De pronto, empezó a oírse el doblar de las campanas del cercano colegio de San Ildefonso y vieron salir del edificio un largo cortejo. Maestros y estudiantes, vestidos de negro con un cirio en la mano, acompañaban a un féretro.

-¿Quién habrá muerto?, preguntó Clara.

-¿No te conté?, contesto la madre.

Es un estudiante, muy noble e inteligente, don Gonzalo de Leyva. Los padres jesuitas no quieren que se sepa cómo murió, pero los criados del colegio cuentan que la causa de su muerte fue un duelo por amores.

-¡Don Gonzalo!…¡Mi Gonzalo!, gritó Clara, palideciendo instantáneamente y sufriendo un desvanecimiento.

Doña Brígida atendió de inmediato a su hija, pero ésta sollozaba de manera incontenible. Fue llamado un doctor que le recetó un calmante, gracias al cual la joven pudo dormir.

Al día siguiente, Clara, ya más calmada, le comunicó a la señora:

-Madre, el único amor de mi vida fue Gonzalo, yo no puedo corresponder al hijo del virrey, por lo tanto he decidido meterme a un convento. ¡Solo dios puede darme el consuelo que necesito!

Doña Brígida trató de disuadir a su hija, por fue inútil. Clara escogió para profesar el convento de La Encarnación, que colindaba con su casa, y queriendo conservar todo cuanto tenía, dispuso abrir una puerta que comunicara con el convento y tapiar las puertas y ventanas que dieran a la calle. Las monjas de La Encarnación aceptaron de buena gana el trato, pues de esta manera, sus propiedades se acrecentarían.

Los cronistas no consignan el fin de la historia, ni el nombre del virrey, ni los apellidos de doña Clara, quizá por discreción.

Los solares del convento de La Encarnación, después de las Leyes de Reforma, tuvieron diversos usos y actualmente pertenecen a la Secretaría de Educación Pública. Hay quienes afirman que por ahí, de año en año, en las noches más oscuras y solitarias, se ha visto, como una sombra que se pega a las paredes, el fantasma de La Estrella de México, llorando a su amado Gonzalo.

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