Una Prueba de Amor

04/08/2008 at 14:27 Deja un comentario

Sucedió que:

 

En la muy noble y leal Ciudad de México, vivía un caballero de esclarecida prosapia: don Juan Gutiérrez Rubín de Celis. El propio rey le había conferido la orden de santiago y nombrado coronel de un regimiento. Además poseía grandes riquezas, producto de la renta de sus casas, haciendas y comercios. Por si esto fuera poco, tenía una figura distinguida, su conversación era afable, sus maneras corteses y destacaba por su elegancia en el vestir. A pesar de todas estas prendas, don Juan, que ya cifraba los 40 años, aún no se había casado, aunque no le faltara con quien, pues muchas damiselas estaban dispuestas a concederle su mano, pero él era de talante indolente, algo perezoso y no se interesaba por nada ni por nadie.

Corría el año de 1730 cuando llegó a la capital del Virreinato Sara de Gracia Somera y Acuña, de rancia nobleza española, emparentada con el virrey Juan de Acuña, Marqués de casa Fuerte que, como dato curioso, no provenía de la Madre Patria , sino era originario de Lima, Perú. La doncella, además de bella, era discreta y juiciosa. Tenía los ojos color uva, rubios cabellos y dientes tan blancos como las perlas. Don Juan de inmediato se enamoró de ella y empezó a cortejarla. Daba fiestas en su honor. Se levantaba al alba para poder verla en misa y, al final, rozar sus dedos cuando le ofrecía el agua bendita de la pilita que había en la iglesia.

La joven se resistía a corresponderle, pues a pesar de sus atributos físicos y económicos, el hombre casi le doblaba la edad, pero le disgustaba, sobre todo, su fama de indolente y perezoso. Estos defectos, juzgaba ella, podían dar al traste no solo con su fortuna, sino con la felicidad de su hogar. Así que le dijo que no le correspondería hasta que le diera una prueba de que su amor era constante y verdadero.

El virrey, juzgando que don Juan era un buen partido para su familiar, le ofreció el puesto de presidente del real Tribunal del Consulado. Este puesto era muy importante, pues ahí se controlaba el tráfico de contrataciones comerciales y se decidían los pleitos y diferencias entre mercaderes. Debía además conservar en buen estado los caminos por donde transitaban las mercancías y edificar bodegas y aduanas para la recepción de las mismas.

La construcción de la aduana de la Cuidad de México, frente a la Plaza de Santo Domingo, por una u otra razón, estaba inconclusa desde hacía años y nadie se daba prisa en terminarla. Entonces don Juan le juró a Sara que, como prueba de su amor, la terminaría en 6 meses, siempre y cuando ella accediera a casarse con él. La joven aceptó el reto, creyendo que el otro no cumpliría.

De Celis de inmediato buscó a cuantos arquitectos, alarifes y maestros de obra había en la ciudad, pero aunque les ofreció elevadas sumas, ninguno aceptó; era imposible llevar a cabo tamaña empresa. Desesperado, el enamorado decidió él mismo dirigir la obra. Contrató a albañiles, canteros, obreros, herreros y carpinteros, trajo a cientos de peones de sus haciendas y de los pueblos circunvecinos y los puso febrilmente a trabajar. A veces, el mismo, con sus propias manos, ejecutaba la obra. Como el tiempo se les venía encima y no tenían para cuando terminar, contrató mas gente y laboraban en la noche a la luz de las antorchas. De esta manera, tres días antes de la fecha señalada, el 28 de Junio de 1731, el edificio estaba concluido aun en sus menores detalles.

Don Juan se acicaló minuciosamente, mandó enjaezar sus mejores caballos y se presentó en la casa de su amada. Cuando ésta lo recibió, puesto de rodillas, le ofreció, sobre un cojín de terciopelo bordado con sus armas, la llave de la aduana. De Celis le dijo: “He cumplido mi promesa, señora, espero que usted cumpla la suya”. Sara, complacida, no tuvo más remedio que aceptar. Se casaron y, como en los cuentos, vivieron felices para siempre.

Nota: El edificio de la aduana aún se conserva frente a la Plaza de Santo Domingo y forma parte de la Secretaría de Educación Pública.

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Palacio del Marqués del Apartado Pensamientos Extraños, Tercera Parte

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