Pensamientos Extraños, Tercera Parte

04/08/2008 at 14:37 Deja un comentario

 

…por ejemplo el fútbol, ¡¡ahh como me gusta el fútbol!!, ese deporte de panaderos (panbol) que a tanta gente entretiene y que a tan poca gente beneficia en realidad, porque en “el juego del hombre” se mueven cantidades enormes de dinero, pero nosotros, los aficionados ¿qué ganamos?, pues nada.

 

Pero para que el fútbol nos guste lo debemos de sentir, yo por ejemplo, he llegado incluso al extremo de hacer un ritual de él, siempre que voy al coloso de la colonia noche buena me visto exactamente igual, el trayecto que sigo para llegar al estadio siempre es el mismo, siempre salgo de mi casa a la misma hora, siempre me siento en la misma butaca, siempre, cuando el partido lleva diez segundos de iniciado enciendo un cigarro.

 

Para poder sentir el fútbol hay que comenzar desde que se es un niño pequeño, y eso es fácil, el primer juguete de muchos niños es una pelota, cuando comienzan a caminar lo primero que hacen es meterle un patín a la de gajos, yo mismo tengo muy buenos recuerdos de mi infancia, recuerdos relacionados con una pelota, era divertidísimo perseguir como tonto la esférica y al alcanzarla volverla a patear y otra vez a correr detrás de ella. Antes, cuando iba al estadio y el equipo de mis amores era superado por el rival en turno me enfermaba del estómago, pero esos tiempos ya pasaron, ahora procuro que no me afecte, intento ir a la cancha, a ese campo de sueños y frustraciones con el único objetivo de divertirme viendo el partido, y de paso reírme a carcajadas con el montón de frases folklóricas que ahí se escuchan.

 

El fútbol es contradictorio; me explico, cuando un jugador del equipo contrario le hace la cegadora a un integrante de nuestra escuadra, ese contrario es un hijo de la fregada, no sabe jugar, es un “pocohombre” ,y el de nuestro equipo se merece toda la compasión; pero cuando es nuestro jugador el que comete la falta, entonces no fue falta, fue una jugada viril, legal, y el otro es una pinturita que se cae de hambre y al que hay que echarle un bolillo, y solo esperamos a que se levante para descargar sobre él una andanada frases albañileriles; otro ejemplo, cuando nuestro equipo va ganando el encuentro comenzamos a silbar para que el nazareno de por terminadas las hostilidades, pero si a nuestro equipo no le favorece el marcador, exigimos al juez central que alargue la contienda y si no lo hace todos, absolutamente todos comenzamos a dudar muy seriamente de la hombría del árbitro y de la calidad moral de su sacrosanta madrecita. Lo anterior también sucede, casi de manera idéntica, en nuestra vida cotidiana; cuando una situación nos beneficia la aceptamos felices, pero cuando algo nos es desfavorable renegamos de ello, no lo aceptamos, nos quejamos y lo peor es que debido a esa no aceptación de la situación negativa, no sacamos ningún provecho ni ningún aprendizaje de ella.

 

Pero estaba hablando de otra cosa, los aficionados al fútbol somos muy sádicos y muy masoquistas; a pesar de que nuestro equipo sea nefasto y ocupe el último lugar de la tabla seguimos con él, y cuando se da el caso contrario, es decir, cuando es un equipazo que suele humillar a sus contrincantes, ahí estamos, disfrutando sádicamente de esas golizas. Y para mayor referencia de la relación sadomasoquista que existe entre el fútbol y los aficionados, solo hay que mirar una transmisión de un partido por la televisión y escuchar el montón de sandeces que cacarean los cultísimos gurus que narran el encuentro, pero que en realidad lo único que hacen es prostituir ese hermoso deporte.

 

Prostituir, prostitución; la prostitución es un oficio tradicionalmente ligado a las mujeres, esa figura de cabellos largos e ideas laberínticas de la cual tanto dependemos los hombres, dependemos de ellas incluso para tener la vida. Te has fijado cuantos poemas, cuantas canciones se han escrito sobre las mujeres, y muchísimas hablan sobre esa dependencia, que no te vayas, que sin ti no se continuar, que vuelve a mi, que me canse de rogarle, que mujeres tan divinas, y así por el es estilo; nosotros, los hombres mexicanos somos fémino dependientes. Y para que negarlo, por lo menos en mi caso esa dependencia es sabrosísima, me gusta, me encanta, es como una simbiosis en la que ella es el corazón y yo soy el cerebro, es una dependencia en la que los dos nos lanzamos hacia el mismo lado, una relación en la que uno impulsa al otro, hasta puedo decir que es una dependencia con el objetivo de ganar-ganar, una dependencia con amor de por medio; y estoy completamente seguro de que toda relación amorosa conlleva una relación de dependencia….

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