El Hombre Que Perdió El Color

24/07/2008 at 15:37 Deja un comentario

Sucedió que…

Don Raimundo Saldívar de Velasco tenía la barba y el cabello rubios y rizosos, su tez era bermeja como si siempre estuviera expuesta al sol, tenía los ojos verdes y en su boca siempre había una sonrisa petulante. Era guapo, pero no era noble, su padre había hecho fortuna comerciando con fierro y el hijo lindamente dilapidaba.

Una mañana las campanas anunciaron que la nao de China había arribado al puerto de Acapulco y en la Catedral se celebró misa por el felíz suceso. Todas las familias encopetadas acudieron y Raimundo, con paso marcial y arrogante, llegó puntual y tomó asiento junto a una linda damita: Laura Martínez Larriondo. La joven estaba sumida en sus oraciones, pero algo le hizo levantar la vista y sus ojos se cruzaron con los de Raimundo y el mundo se detuvo un instante. A la salida, el caballero la esperó junto a la pila de agua bendita, humedeció sus dedos en el agua y se los ofreció a la dama. Al rozar sus dedos un estremecimiento recorrió el cuerpo de ambos.

A la semana siguiente se volvieron a ver el la procesión de la Virgen de Los Remedios que organizó una cofradía de Catedral a la iglesia de San Francisco, para atraer las lluvias. Caminaron casi juntos, intercambiaron sonrisas y algunas palabras y él la siguió por Plateros hasta su casa en la calle de Flamencos. Luego se vieron en el paseo de la Orilla, en la Alameda y en el Paseo Nuevo. Seguido se encontraban en la casa de doña Beatriz de Lorenzana, amiga íntima de Laura, donde tomaban chocolate, aguas nevadas, confituras finas y bocadillos.

Todas las noches, él acudía a la ventana de la casa de la dama, donde se decían dulces promesas de amor. Una noche, él le pidió que se casaran y ella aceptó gustosa.

Junto a la ventana, había un nicho con la escultura de un Ecce Homo que causaba pavor: estaba sentado en un tronco, un codo lo tenía sobre su muslo y en su mano ensangrentada recargaba su mejilla tumefacta; la otra mano sostenía entre sus dedos, que chorreaban sangre, una caña; los inmensos ojos miraban hondo como desnudando el alma. Laura le tenía especial devoción y todas las tardes le ponía flores frescas y le encendía un farolillo que en las noches le daba un fulgor trémulo de vida. A raimundo, la sangrante imagen le causaba cierta aversión, pero Laura que al santo le había encomendado el buen término de sus amores.

Bien que lo necesitaban. Al enterarse doña Ramona, madre de Laura, de las relaciones de su hija, enfureció: “¡Cómo una rica heredera, descendiente de conquistadores, podía casarse con un plebeyo!. En su limpia ascendencia había obispos, oidores y hasta un condestable”. Enfática, sentenció: “Primero muerta que verla casada con el hijo de un fierrero”. Encerró a Laura bajo 7 llaves para que no volviera a ver al pelafustán; pero éste se dio maña, compró a una de las criadas de la casa, quien traía y llevaba recados a los enamorados. Valiéndose de cera, sacó los moldes de las llaves y por fin Laura y Raimundo pudieron verse y hablar. Ante la oposición materna, decidieron huir.

La noche sañalada para la huída, don Raimundo esperaba junto a la hornacina del Ecce Homo. Con sumo cuidado, Laura abrió el portón de su casa y, apresurada, se dirigió hacia donde estaba el enamorado. Él también dio un paso hacia adelante para ir en su busca, cuando, de pronto, se sintió cogido por la garganta por una hercúlea fuerza, volteó y con indecible espanto vio cómo la mano toda untada de sangre del Ecce Homo lo acogotaba sin permitirle moverse. Laura, al ver aquello, dio un grito de espanto que retumbó en toda la calle y despavorída corrió y corrió hasta caer desfallecida en las puertas del convento de Balvanera.

A la mañana siguiente, encontraron a don Raimundo al pie de la hornacina del Ecce Homo, desvanecido e intensamente pálido. Trataron de volverlo en sí administrándole vinagre y éter; lo lograron, pero el hombre nunca volvió a ser el mismo y nunca pudo recuperar aquel su color bermejo que tanto presumía. La gente decía que se debía a la tristeza que le causó saber que Laura, su amada, se metió de monja y que al poco tiempo había muerto con la razón extraviada.

Anuncios

Entry filed under: Leyenda. Tags: .

El Alacrán de Fray Anselmo La Casa Boker

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Trackback this post  |  Subscribe to the comments via RSS Feed


Categorías

julio 2008
D L M X J V S
    Ago »
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  

Feeds


A %d blogueros les gusta esto: