El Alacrán de Fray Anselmo

24/07/2008 at 14:49 Deja un comentario

Sucedió que…

Hace mucho tiepo, casi trescientos años, vivía por la calle de San Diego (hoy Doctor Mora), una familia ejemplar: don Lorenzo Baena, su esposa doña Catalina y el hijo de ambos, un joven bueno y prometedor llamado Jorge.

Era don Lorenzo un hombre de buen corazón, aparte de ser rico y respetado comerciante, que no eludía su obligación moral de hacer el bien sin mirar a quién, y no faltaban los mendigos que acudían diariamente a su casa para recibir un plato de sopa caliente. Visitaba a los enfermos y remediaba con atinados consejos o palabras consoladoras, rencillas e infortunios. Su generosidad alcanzaba también, de manera constante, a los humildes padres del convento de San Diego, muy próximo a su casa. No pasaba día sin que él o doña Catalina se presentaran para llevar alguna ayuda. Entre los padres dieguinos tenían un gran amigo, fray Anselmo, alma pura y sencilla consagrada al servicio de los más pobres, quien a diario recorría los barrios pudientes de la cuidad, mendigando para luego llevar su cesecha a los más pobres y desprotegidos. Nunca aceptaba la ayuda de la familia Baena, decía que Dios lo proveía de lo necesario para sus pobres. Pero eso sí, aceptaba que sus bienhechores costearan las ceras y las flores para que el templo siempre estuviera bien arreglado.

Paulatinamente los negocios de don Lorenzo comenzaron a ir de mal en peor. Fletó un barco cargado de mercancias de la China para Perú, y el barco fue apresado por los piratas y se perdió la carga y la nave. Otro cargamento que compró y que venía también por barco, zozobró, perdiéndose todo nuevamente; un cargamento de plata que iba hacia las provincias de occidente fue asaltado por indios bárbaros, pero lo peor no fue este, sino que su hijo Jorge iba en éste encargo y fue cruelmente decapitado por los indios. Languidecían doña catalina y don Lorenzo, llenos de dolor. Una tristeza infinita fue apoderándose de la infeliz madre y una mañana, amaneció muerta, quietecita; se escapó de este mundo mientras dormía y fue a reunirse, para no separarse nunca más, con su hijo adorado.

Solo y pobre se quedó don Lorenzo. Pasado el tiempo, vendió sus muebles, perdió su casa y los amigos, uno por uno, se fueron también. El pobre hombre se mudó a un barrio humilde donde pagaba apenas un cuartito y sobrevivía con los pocos ahorrillos que conservó de la venta de sus enseres.

Pero si su situación económica había cambiado, su bondadn nunca lo abandonó. Frecuentaba diariamente la misa y los sacramentos y procuraba hacer siempre lo mejor por la gente que lo rodeaba. Una mañana, oyó el repique de campanas que anunciaban el arribo de la nao de China, y quién sabe que cosa se le metió en la cabeza, que salió encarrerado al convento de San Diego para hablar con su viejo amigo fray Anselmo.

Le dijo al buen hermano que la Nao estaba al llegar, que pensaba que podía hacer un buen negocio, quería comprar porcelanas y marfiles, lacas y sedería para revender y así salir adelante. Don anselmo lo oía con paciencia, pero, lleno de compasión, le dijo que él no tenía ni un clavo. Que hacía poco tiempo le habían dado sus superiores un hábito nuevo y él lo había entregado a los pobres, por eso, estaban sentidos y un poco molestos con él. ¡Pobre don Lorenzo!, necesitaba quinientos pesos, pero el fraile jamás los había visto juntos.

En la desnuda celda monacal, fray Anselmo veía suplicante el crucifijo, como pidiendo la ayuda divina. En esto estaba cuando vio que un alacrán grande y rubio bajaba por la pared. Cuando estuvo a su altura, lo tomó con suavidad y lo puso dentro de un papel, y envolviéndolo cuidadosamente, se lo entregó a don Lorenzo y le dijo: “Toma, hermano, vete al Monte de Piedad de Ánimas, a ver cuánto te dan por él, y que Dios te bendiga”. El caballero lo tomó entre sus manos pensado: “¿este alacrán?”. Pero como quería y respetaba tanto al padre, lo aceptó y se fue derecho a donde lo habían mandado Dios y el fraile.

Llegando al mostrador del Sacro y Real Monte de Piedad de Ánimas en la calle del Colegio de San Pedro y San Pablo, se puso muy nervioso, ¿qué iban a decir de él?. Igual y hasta lo mandaban encerrar, creyéndolo loco. Temblando, entregó el envoltorio y cerró los ojos; el dependiente, lentamente abrió el paquetillo y su cara se llenó del más grande asombro. Don Lorenzo penso: “ahora sí, seguro me van a pegar”. “¿Cuánto quiere, señor, por esta alhaja maravillosa?”, preguntó el dependiente. Y entonces, don Lorenzo vio con asombro el gran alacrán de filigrana de oro, cuajado de pedrería, varios diamantes luminosos, esmeraldas, rubíes, zafiros y perlas.

Antes de recuperarse de su asombro, el dependiente dijo: “le daré tres mil pesos”.

Así, don Lorenzo pudo volver a hacer negocios, compró cargas de especias, aprovechó oportunidades únicas y rápidamente recuperó su antiguo capital. Todo se le daba, cualquier cosa que emprendía tenía éxito inmediato. Volvió a su antigua casa, volvieron sus muebles y candiles, y los amigos también. No hubo nunca un reporche por el alejamiento, pues don Lorenzo no daba cabida en su corazón a ningún mal pensamiento. Todas sus desgracias anteriores se volvieron bendiciones.

Una tarde estaba fray Anselmo en su celda, con un pajarillo entre sus manos, el avesilla le cantaba casi al oido y el padre escuchaba embelesado, cuando llegó don Lorenzo. Con agradecimiento, le contó cuanto había sucedido, alabando la misericordia de Dios y la oportuna ayuda que de él había recibido. En un pañuelo de una finísima seda, le entregó aquello que le había prestado. Fray Anselmo, sin mirar, cogió el envoltorio y lo desenvolvió junto a la blanca pared, de inmediato salió el alacrán, grande y rubio.”¡Ve con Dios, sigue tu camino!”, murmuró el buen fraile. Y el alacrán, grande y rubio, empezó a caminar.

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